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Año nuevo...

 

…vida nueva. Otro de nuestros valiosos refranes. En este caso con clara alusión a poder hacer borrón y cuenta nueva de algunas cosas. Comienza un nuevo año y, quien más quien menos, ya se ha hecho un listado mental de aquellos propósitos que, por unos motivos u otros, van a suponer un cambio en sus vidas: aprender inglés, apuntarse a clases de bailes de salón, dejar de fumar, organizar la caja de las herramientas e intentar averiguar para qué demonios sirve la llave oxidada que hace años guardamos junto a tornillos y clavos… Uno de los objetivos estrella es ponerse a régimen. Ya sabéis, apuntarse a un gimnasio a quemar esos kilitos de más. Y es que, la Navidad, es un periodo de excesos culinarios al que muy pocos nos podemos resistir. Entrantes a base de jamón, lomo, chorizo, queso, gulas, gambas al ajillo, seguidos por una paletilla de cordero con patatas asadas y, como remate final, arroz con leche, tarta de tiramisú y la piña, que ayuda a hacer la digestión. Todo ello regado con cerveza, vino, sidra y algún sorbete de limón. Para hacer ligera la sobremesa no puede faltar la bandeja de turrones y polvorones diversos… Y cuando ya te has desabrochado el cinturón para ver si hay modo de hacer sitio a todo eso…viene la cena, con lo que se repite el ritual anterior cambiando algunos platos. Estoy seguro de que cuando Newton ideó su teoría de la gravitación universal nunca pensó que habría tanta gente a la que le iba a fastidiar. Y es que cuando miras el número que, tras el periodo navideño, ofrece fríamente la báscula hay dos ideas que te vienen a la cabeza: la primera es que está estropeada. Una vez desechada la primera opción, la segunda, es que te has equivocado de planeta. En la luna, por ejemplo, la báscula indicaría un número 8 veces menor y eso calmaría tu primer instinto de emprenderla a golpes con el dispositivo de medida. Durante esa pequeña enajenación mental probablemente acudirá a tu mente una palabra clave que resume todo ese sentimiento de culpa y que sirve para tomar la determinación de corregir los excesos ya enumerados: colesterol. Pero ¿qué es el colesterol?

 

Inicialmente, el colesterol está asociado a grasa y por ello lo tomamos como sinónimo de algo dañino, pero lo cierto es que es necesario y está presente en todas las células del organismo. El hígado es el encargado de generar todo el colesterol que necesitamos para nuestras células, así como para algunas hormonas. Es, por tanto, importante su existencia en un cuerpo sano. Entonces, ¿a qué viene toda esa negatividad? ¿a qué vienen todos esos anuncios en los que se recuerda todo el tiempo esta palabreja? Pues viene a cuento de que nosotros nos encargamos de aumentar la cantidad de colesterol presente en nuestro organismo con el colesterol que añadimos a través de nuestra alimentación. Entonces, ¿el colesterol no es grasa? Si, si lo es. De hecho, hay cuatro tipos de grasas: saturadas, mono-insaturadas, poli-insaturadas y…colesterol. Las tres primeras son conocidas como ácidos grasos y se diferencian del colesterol en un aspecto puramente químico. En la práctica, las grasas saturadas y el colesterol que obtenemos de ingerir alimentos son los responsables de que aumente la cantidad de este último en nuestro organismo. Aclaremos esto un poco más.

 

Las grasas saturadas pueden provenir tanto de grasas animales como de grasas vegetales. Los mayores aportes de las primeras se obtienen de la mantequilla, la manteca y grasas de aves, mientras que de las segundas lo son el aceite de coco y el de palma. Los alimentos que lleven esos componentes no debemos ni mirarlos.

 

Los ácidos grasos poli-insaturados son más conocidos por todos como ácidos omega-3 y omega-6, y los podemos encontrar en el aceite del pescado del maíz y en la soja, respectivamente.

 

Las grasas mono-insaturadas las podemos encontrar en grandes cantidades en los aceites de semilla de girasol. Estos aceites, así como las grasas poli-insaturadas, comentadas antes, contribuyen a disminuir los niveles de colesterol en el organismo.

 

Y, ¿cómo es el colesterol? Pues, físicamente, es una sustancia suave que se encuentra en las comidas de procedencia animal. Lo podemos encontrar con mayor abundancia en los huevos, las vísceras, las carnes grasas y en aquellos productos derivados de la leche entera. En cambio, los vegetales no tienen colesterol, y es por ello por lo que nos los incluyen en cualquier régimen al que queramos someternos. Entonces, ¿qué hace que eliminemos el colesterol? El hígado, que es el órgano encargado de metabolizarlo y eliminarlo, pero dependiendo de cómo nos funcione puede que lo hagamos con mayor o menor facilidad. Por ello, personas que comen lo mismo no tienen porqué tener los mismos niveles de colesterol.

 

Bueno, pues ya tenemos cierta idea de qué es el famoso colesterol, pero cuando nos hacemos análisis de sangre nos hablan de colesterol bueno y de colesterol malo, ¿cómo sabemos cuál es cuál? Nada, es muy fácil. En primer lugar, tenemos que tener claro que el colesterol viaja por el cuerpo a través del torrente sanguíneo, pero como es una especie de grasa no puede viajar disuelto en la sangre, lo hace a través de las lipoproteínas. Ya, ya se que ninguno sabemos qué demonio son, pero simplificando mucho, hay dos tipos de lipoproteínas, las de baja densidad o LDL y las de alta densidad o HDL. Cuando en nuestra sangre el nivel de LDL es alto, es decir, más de 130 miligramos por decilitro, lo que está ocurriendo es que hay muchas lipoproteínas transportando colesterol. Eso hace que parte de él quede depositado, con el tiempo, en las paredes de las arterias que van al corazón o al cerebro y eso es muy peligroso. En cambio, el HDL, lo que hace es transportar el colesterol hasta el hígado para poder eliminarlo, por ello se deben tener valores superiores a 35 miligramos por decilitro. Es bueno apuntar que, además de los dos indicadores que acabo de mencionar, hay otro que está directamente relacionado con enfermedades coronarias: los triglicéridos. ¡Vaya nombrecitos se gastan los tipos de la bata!, ¿eh? Y ¿qué demonios son los triglicéridos? Pues así, entre nosotros, es la forma erudita de llamar a la grasa. Niveles superiores a 250 miligramos por decilitro de triglicéridos no son aconsejables. El consumo de alcohol en exceso, llevar una dieta rica en grasas o padecer diabetes pueden derivar en niveles altos de triglicéridos. Los hombres tenemos bajos niveles de HDL debido a las hormonas masculinas como la testosterona, mientras que en las mujeres ocurre al contrario, sus hormonas, los estrógenos, aumentan los niveles de HDL. Sin embargo, con la menopausia esto cambia y bajan esos niveles de HDL.

 

 

Pero, Alberto, entonces lo de apuntarme al gimnasio ¿no sirve?. ¡Pues claro que sirve! Mejoras tu circulación, haces trabajar los músculos de tu cuerpo, disminuyes los niveles de LDL y segregas buenas cantidades de serotonina, lo que te hace sentir mejor contigo mismo. Si a eso añades llevar una dieta saludable pues mejor para ti. Pero lo que inclina la balanza es la alimentación. La pregunta es obligada, ¿entonces qué debo comer? Bueno, lo normal es que un profesional te oriente, que para eso saben bastante más que yo, pero como referencia aquí van algunos consejos. Las legumbres son excelentes por dos motivos: por un lado, eliminan el colesterol, y por otro hacen que el hígado demande más colesterol, por lo que éste recurre al LDL con lo que se produce un efecto de doble eliminación. Otro alimento que contribuye notablemente es la avena, que también elimina el LDL. También, las manzanas, la verdura, los cereales, el aceite de oliva virgen extra o el zumo de pomelo rojo, que es capaz de eliminar hasta un 20% del colesterol malo. Este último tiene el problema de que no es fácil de tragar. Bueno, pues nada, un zumo de sandía con limón lo convalida. También las nueces, pistachos, almendras o las semillas de calabaza, chía o lino, el té verde o …unas almendras con chocolate funcionan perfectamente para recuperar ese cuerpo danone que nunca tuvimos pero que todos anhelamos  cuando llega el verano y vemos esos cuerpos 10 por la playa o la piscina. Pero, creedme si os digo que con que recorráis con la vista otros cuerpos o daréis cuenta que no hay demasiada gente que pueda presumir de un cuerpo bien hecho. De hecho, es fácil ver barrigas enormes, culos caídos, tipos paticortos, tipas cuellilargas, piernas jamoneras y demás engendros que viven y disfrutan de la vida.

 

No me resisto a despedirme sin tocar un tema que tiene que ver con este bonito propósito de comer sano. La publicidad, por un lado, nos incita a comer y a beber como si no hubiera un mañana, pero cuando termina el periodo navideño la mayoría de los anuncios se centran en cómo combatir el colesterol y en cómo descomer lo ingerido. Y hay un alimento estrella para ello: el yogurt. Su cometido es, entre otras bondades, recuperar la flora o lo que es lo mismo, repoblar las bacterias que tenemos por naturaleza en el intestino. Además, refuerza nuestro sistema inmunitario y, según algunos estudios tiene una acción protectora frente a la reaparición del cáncer de colon o de mama. Por lo dicho anteriormente, mejora el tránsito intestinal lo que contribuye a poder absorber mejor los nutrientes de las comidas. Fijaos que en un yogurt hay 10 millones de bacterias por gramo de producto. Pero todo este beneficio se pierde si el yogurt se somete a pasteurización. Este proceso mata las bacterias y lo único que aporta es el placer de comer, nada más. De hecho, esta modalidad de yogures no precisa de frío por lo que se pueden tener fuera de la nevera. Entonces, ¿el yogurt adelgaza? Pues no. Y sino que se lo pregunten a Carmen Machi, que anunciaba cierta marca. Ella aparecía en todo su esplendor y orondidad hablando de unas bacterias estupendas que ayudaban a descomer…pero nunca dijo que aquello adelgazara.

 

Espero que vuestro comienzo de año haya sido bueno y que nos sigamos leyendo, un año más, por este rincón. ¡Hasta el mes que viene!

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