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Estamos alelados

 

Ahora mismo, que yo recuerde, las tres cosas que más odio son, quizá por este orden: ver una cucaracha, ir al dentista y sacarme sangre. Lo de la cucaracha es superior a mis fuerzas y lo del dentista es superior a mis ingresos. Además, en el caso de éstos últimos, deberían insonorizar las salas de espera. A mí, eso de oír como el torno le desgasta los dientes al que está postrado en la camilla hace que me replantee todo el tiempo si realmente necesito que me toquen los piños. Lo de sacarme sangre es harina de otro costal. No supone desembolso, pero cuando veo que la aguja de la cápsula donde va a ir a parar mi sangre tiene el diámetro de una aguja de hacer punto a mí me dan los mil males. Vamos, que si por mí fuera pediría que me diera un puñetazo Arnold Schwarzenegger y, de lo que quedara de este servidor, sacaran la sangre.

 

Y de sangre es de lo que os quiero hablar. Porque cuando nos la extraen puede ser con dos finalidades bien diferentes: analizarla, con lo que se genera un informe que nuestro médico de cabecera traducirá al lenguaje de los mortales. De este modo, nos dirá que no debemos comer pan, no poner sal a los alimentos, no tomar alcohol, no ingerir carne ni pescado y no trasnochar. Y le decimos que si a todo con ese gesto que ponemos cuando parece que estamos muy interesados en algo, pero nosotros sabemos muy bien que la vida son tres días contando desde antes de ayer y que nada más salir de la consulta nos vamos a pedir un Big Mac con dos buenas cervezas antes de asistir a un macroconcierto. Pero estaba diciendo que había dos finalidades para que nos extrajeran sangre. Ya hemos visto la primera. La segunda es más altruista. Nuestra sangre va a servir para dársela a alguien que la necesite en algún momento, lo que supondrá, probablemente, salvarle la vida.

 

España es ese extraño país donde nunca nos ponemos de acuerdo para casi nada, pero que es el primero en donar órganos y el que tiene la media más alta de Europa de donantes de sangre. Y eso es una excelente noticia. Pero ¿todas las sangres son iguales?

 

En primer lugar, la importancia de la sangre en nuestro organismo radica en que este fluido es el encargado, entre otras cosas, de transportar el oxígeno desde nuestros pulmones hasta cada uno de nuestros músculos y extremidades. Esto lo sabíamos por el artículo anterior, pero lo que probablemente no sabíais es que el tipo de la amplia sonrisa de la foto, Karl Landsteiner, fue quien en 1901 determinó que había tres tipos de sangre. En honor a él, se ha hecho coincidir el día mundial de la donación de sangre con la fecha de su nacimiento, el 14 de junio. Dos años después, en 1903, dos discípulos suyos determinaron un cuarto tipo. Estas tipologías recibieron los nombres de A, B, AB y O. Lo que determina cada uno de los tipos es lo que se llaman alelos, de ahí el título de este artículo. Cada alelo es una versión genética y la sangre de cada persona está formada por una combinación de dos alelos. Ya, ya se que me he venido arriba y quizá alguno se haya perdido. No pasa nada. Vuelvo a repetirlo de otra manera.

 

Cada progenitor aporta un alelo (un código genético) a su descendiente. Así que, la sangre de cada uno de nosotros tiene una parte heredada de papá y otra heredada de mamá. Además, los alelos A y B son dominantes, mientras que el tipo O es recesivo. ¿Esto qué significa? Pues que si papi aporta alelo A y mami O (o viceversa), la sangre es tipo A. Dicho de otro modo, sólo importa el alelo dominante. Las combinaciones que se pueden dar teniendo esto en cuenta son:

 

- AA o AO, que se queda en tipo A

- BB o BO, que se queda en tipo B

- AB que se queda en tipo AB

- OO, que se queda en tipo O

 

Pongamos por caso que el padre es tipo AB y la madre AO, entonces los hijos podrán ser A, B ó AB. Tan sólo en el caso de que los progenitores sean AO y BO, por ejemplo, los hijos podrían ser OO, es decir, O. Yo creo que hasta aquí está todo más o menos claro, ¿verdad? Pero eso no explica porqué no podemos transferir sangre de tipo AB a otra persona que tenga tipo A.

 

Nuestro amigo Karl hubo de esperar hasta 1940 para dar con la solución: los antígenos, que se encuentran en las membranas de los glóbulos rojos. Así, tenemos que las personas con sangre A tienen antígenos A, las que tienen sangre B antígenos B, las que tienen sangre AB los dos y los que tienen sangre O no tienen ninguno. Además, hay otros antígenos que se descubrieron haciendo ensayos sobre el mono Rhesus, a él se debe que éstos recibieran el nombre de “Rh”. La presencia de Rh en el tipo de sangre que sea se denota con un “+”, mientras que la ausencia se denota con un “-“. Su función es detectar si la sangre que transferimos a una persona tiene los mismos antígenos o no. En caso negativo se producirían coágulos y eso es muy peligroso, como ya os podéis imaginar.

 

Es por esto por lo que una persona con tipo de sangre A no puede recibir de una persona con tipo de sangre B, ya que, al contar con diferentes antígenos extraños al cuerpo, el sistema de defensa ataca a estas células, matándolas (se producirían coágulos). De la misma manera, una persona con tipo de sangre AB Rh positivo puede recibir de todo el mundo, ya que cuenta con todos los antígenos (A, B, Rh), por lo que la sangre, venga del grupo que venga, no será considerada una amenaza. No sin razón las personas con tipo de sangre AB+ son llamados 'Receptores universales'. Peor lo tienen los de tipo O Rh negativo, ya que al no tener ningún antígeno, sólo pueden recibir de personas con su mismo grupo sanguíneo. Este grupo de personas son los 'Donantes universales', pues su sangre, al no tener ningún antígeno, es apta para cualquier tipo de sangre.

 

A nivel anecdótico, el grupo sanguíneo más frecuente es el O Rh positivo (O Rh+), mientras que el menos es el AB Rh negativo (AB Rh-), pero como a todo hay quien gane, hace relativamente poco tiempo se descubrió el tipo de sangre más extraño, el Rh nulo. Sólo lo tiene una persona de cada 160 millones, o lo que es lo mismo, menos de 50 personas la tienen en todo el mundo. Esto entraña un problema, que al estar repartidos por todo el mundo, en caso de necesidad, no es fácil enviar sangre de un punto a otro con la rapidez necesaria. Para ello, el Laboratorio Internacional de Referencia de Grupos Sanguíneos, los tiene perfectamente identificados. Lo triste de esta patología es que, puede que tu vecino haya conseguido traerse a su pisito de Leganés una boa constrictor de 20 metros que se come todos los días una vaca, pero si lo que quieres es enviar sangre “rara” a otra persona en otro país se activa inmediatamente un protocolo de burocracia infinita que hace que la sangre no llegue cuando se necesita. Resulta más fácil que alguna de las personas con este tipo de sangre se desplace hasta el lugar donde se encuentra la persona que la necesita. Obviamente, el desplazamiento corre a cargo del donante.

 

Y como estamos hablando de sangre, quizá haya alguien que pueda decir aquello de “mi jefe me hace sudar sangre (o tinta)”. Bueno, pues no os deseo que esto sea así. Lo de “sudar sangre”, o  técnicamente hematidrosis, no es tanto una frase hecha como una realidad. El motivo principal por el que una persona pueda llegar a transpirar el fluido rojo es alcanzar unos niveles muy altos de estrés o una situación de pánico. Aunque no está muy claro el mecanismo que provoca esta patología todo apunta a que ante situaciones de mucha tensión los vasos sanguíneos se colapsan entorno a las glándulas sudoríparas lo que termina derivando en la sudoración de sangre. Dependiendo del caudal que se disipa, la mezcla con el sudor puede ser más clara o más oscura. En este último caso, cuando es muy oscura, es cuando se dice que “sudas tinta”. No penséis que esto es fácil que ocurra. El ser humano tiene un mecanismo de defensa ante casos extremos de terror: se desconecta. El desmayo se produce para evitar ese tipo de situaciones. Sin embargo, cuando ese mecanismo por el motivo que sea no se activa, el sufrimiento de quien lo padece es realmente duro. Al parecer, parte de la sangre del sudario de Cristo posee sangre que sudó antes de la crucifixión.

 

Oiga, ¿y los animales? Pues los animalitos también están expuestos a transfusiones y tienen también grupos sanguíneos y antígenos. La sangre almacenada en bancos de animales es la de perros y gatos, por ser los animales más habituales. Vamos, que si te ha dado por criar en casa un Tiranosaurus Rex y se ha hecho una herida jugando contigo al pilla pilla te puedes ir despidiendo de él. A nivel de transfusiones, los perros presentan menos problemas que los gatos.

 

 

 

 

Os espero en septiembre con un nuevo artículo sobre ciencia que espero que os guste. Hasta ahora los artículos los voy decidiendo yo, pero podéis enviarme un correo con el tema o temas que os inquieten a maspormenosmenos@gmail.com y estaré encantado de tratarlos para despejar dudas o para satisfacer curiosidades.

 

 

 

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