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Alta presión

 

Ya estamos, otro año más, en esa estación en que aprovechamos para gastar parte del dinero ahorrado en tomar cervezas, viajar a conocer otras culturas, leer ese libro que teníamos pendiente hace tiempo, o simplemente disfrutar de no hacer nada. Esto último es lo más difícil quizá. Nos hemos mal acostumbrado a tener todo el día ocupaciones diversas y no sabemos quedarnos sin hacer nada. Por eso, cuando no tenemos nada que hacer, se nos crea una sensación de culpa por no estar aprovechando el tiempo. Así que, para mantenernos activos nos puede dar por ponernos a cortar cebolla en la cocina o por limpiar aquella telaraña que lleva años colgando de la esquina del techo del salón. Pero permitidme que insista en la idea de no hacer nada, de intentar no pensar en nada. Hay varias formas de llegar a ese estado. Una de ellas es hacer yoga. Aunque a mí me cuesta mucho concentrarme. Cada vez que lo intento, hay alguna parte de mi cuerpo que tiene un pequeño picor, o me da por pensar en la Virgen del abrigo de pana o algo por el estilo. Pero hay una afición que lo consigue completamente: el submarinismo.

 

Recuerdo que, con 12 años más o menos, un día mi hermano Javi me puso unas gafas de bucear en la cara y un tubo con forma de J en la boca para respirar. Cuando metí la cabeza en el agua me impresionó el silencio que se hizo de pronto. Contemplé el fondo marino, de unos 4 o 5 metros de profundidad, en una de las excelentes playas que tiene Mazarrón. Y, os garantizo que, durante el tiempo que duró aquella experiencia, no pensé en nada. Luego, me vinieron recuerdos de la película “Tiburón” y salí tan rápido del agua que todavía no se ha inventado la máquina que mida el tiempo que tardé en hacerlo. Pero para aquellos que no sois miedosos os lo recomiendo. Debo decir, no obstante, que lo que yo hice en su momento se llama “buceo”, mientras que hacer submarinismo supone llevar una bombona (o dos) a la espalda. La diferencia entre una modalidad y otra es clara: en el segundo caso tienes libertad de movimientos y también puedes sumergirte bastantes metros en el mar. Y todo eso está muy bien hasta que te dicen que, si haces submarinismo, después no puedes volar en avión. Y eso ¿por qué?

 

En primer lugar, debemos huir de la idea de que el aire que respiramos es O2. Eso es oxígeno puro  y respirarlo puede resultar bastante perjudicial para la salud. El aire que respiramos está formado en un 80% por Nitrógeno y en un 20% por Oxígeno. Así que, respiramos bastante más Nitrógeno que oxígeno. Por otra parte, si habéis sido buenos y os habéis ido leyendo mis artículos, recordaréis que para que un gas se introduzca dentro de un fluido es necesario aplicar presión. Cuanta más presión apliquemos mejor se disolverá el gas en el líquido. Esto ya lo sabíamos por aquel artículo sobre las bebidas a presión. Por otra parte, en nuestro planeta la presión disminuye conforme vamos aumentando en altura. Dicho de otro modo, si abriéramos una botella de una bebida con gas en la playa, y otra en lo alto de una montaña, ésta última perdería el gas con más rapidez de lo que lo haría si estuviera a nivel del mar. Esto también lo sabíamos, pero quería recordarlo por si alguien se había perdido.

 

Ha llegado el momento de relacionarlo todo. Por un lado, tenemos que a nivel del mar la presión es de una atmósfera. Por otra parte, cuando nos sumergimos en el mar con nuestras bombonas de aire a la espalda, nuestro cuerpo está soportando una presión razonablemente alta según nos vamos hundiendo más y más en el agua. En concreto, por cada 10 metros que ganamos en profundidad ganamos una atmósfera de presión. Seguro que lo de la atmósfera os ha despistado. No pasa nada. Podemos decir que por cada 10 metros de profundidad tenemos una masa de 1 kg actuando sobre cada centímetro cuadrado de nuestro cuerpo. Así, si estamos a una profundidad de 50 metros tendremos 5 kilos sobre cada centímetro cuadrado de nuestro cuerpo. A la presión que soportamos dentro del agua hay que añadir la que tenemos fuera. Es decir, que a 50 metros de profundidad tenemos las 5 atmósferas debidas al peso del agua, más la atmósfera correspondiente al peso del aire que tenemos fuera del agua. En definitiva, a 50 metros de profundidad tenemos 6 atmósferas, o lo que es lo mismo, 6 kilos sobre cada centímetro cuadrado de nuestro cuerpo. Un apunte más; la presión actúa en todas las direcciones. Eso quiere decir que no sólo actúa desde arriba hacia abajo, como normalmente se suele imaginar, sino que actúa con la misma intensidad en cualquier parte del cuerpo. Esto es importante tenerlo en cuenta porque cuando estamos sumergidos a cierta profundidad la presión que actúa sobre todo nuestro cuerpo hace que aquellas partes “huecas” sean susceptibles de comprimirse antes que el resto. ¡Por ello no veréis nunca a un político hacer submarinismo! El cerebro se les comprime sin límite.

 

Bromas aparte, antes de la inmersión nuestro cuerpo está acostumbrado a que en el torrente sanguíneo se encuentre Nitrógeno disuelto. Esto es debido a que la sangre, en concreto los glóbulos rojos, se encarga de transportar y distribuir al resto del cuerpo el aire que respiramos. O lo que es igual, en la sangre va disuelto el Oxígeno que acabamos de respirar, como también va el Nitrógeno. En el momento en que nos sumergimos en el agua y comenzamos a descender, la presión comienza a actuar por todo nuestro cuerpo de modo que soporta valores muy superiores a los que está acostumbrado. Toda esa presión influye también en nuestra sangre, de modo que el gas Nitrógeno se disuelve en mayor cantidad dentro de nuestros glóbulos rojos, como ya sabemos por lo comentado al principio del artículo acerca de la difusión de un gas en un fluido. Hasta aquí todo normal, no hay problema. Pero ¿qué ocurre cuando comenzamos a ascender? Pues el proceso inverso, a saber; al disminuir la presión el gas que estaba disuelto en la sangre comienza a transformarse en burbujas, al igual que pasa con las bebidas carbonatadas cuando las ponemos en un vaso: que comienzan a salir burbujas. Conforme seguimos subiendo esas burbujas se van haciendo mayores y ahí está el peligro, porque pueden llegar a obstruir vías sanguíneas. La obstrucción de venas o capilares no es muy recomendable y más según el órgano de que se trate. Este es el motivo por el que se debe ascender lentamente, pues a las pequeñas burbujas les da tiempo a salir poco a poco y al hacerlo así no se forman burbujas grandes.

 

 

Pero, entonces, ¿por qué no puedo subirme a un avión? Para empezar, los aviones comerciales suelen volar a alturas de 10000 metros. Como ya he dicho, a mayor altura sobre la superficie terrestre menor presión. Supongamos que en el interior del avión la presión fuese la misma que en el exterior. Eso evitaría que en caso de fisura en el fuselaje los objetos y las personas fuesen absorbidos hacia afuera. Pero hay un inconveniente, a esa altura de vuelo la presión es de aproximadamente 0.3 atmósferas. Eso supone que hay tan solo un 30% de Oxígeno. En esas condiciones el organismo sufriría hipoxia o mal agudo de montaña (MAM), que es el nombre que se le da a la carencia de Oxígeno en el cuerpo, lo que se manifiesta en dolores de cabeza, mareos, vértigos, elevación del ritmo cardíaco… Esos síntomas no son deseables para el pasaje. Y mucho menos para los pilotos. Queda descartada esa idea.

 

Está claro, entonces, que el avión debe tomar aire del exterior y aumentar la presión para que puedan respirar sin dificultades los viajeros. Si la presión la aumentamos hasta alcanzar los niveles normales, es decir, como si estuviéramos en tierra, la diferencia de presión entre el interior de la cabina y el exterior sería de unas 0.72 atmósferas. No parece mucho, pero creedme que lo es. Y supondría aumentar significativamente el grosor del fuselaje del avión, lo que encarece su precio y también el de cada viaje porque sería bastante más pesado. Así que, el punto óptimo nos lo suelen informar por megafonía del avión durante el despegue:

 

“volaremos con una presión en cabina equivalente a una altura de 8000 pies”

 

Esta altura permite que el pasaje no sufra los inconvenientes de baja presión y asegura que el fuselaje del avión tenga un grosor adecuado. Los mencionados 8000 pies equivalen a unos 2500 metros de altitud y esa es la presión que tendremos durante el viaje.

 

Para terminar, sólo resta que recordemos cómo se comporta, de nuevo, el gas de una bebida carbonatada. Una vez que echamos el contenido en un vaso tarda cierto tiempo en desaparecer el gas, las burbujas. Lo mismo ocurre con las burbujas del Nitrógeno disuelto en la sangre del buceador. Aunque ascienda con lentitud hasta la superficie seguirá quedando gas en su torrente sanguíneo durante unas 24 horas. Por ello no debe subirse a un avión pues, como acabamos de ver, la presión en cabina es equivalente a subir a una montaña a 2500 metros de altitud y volvería a producirse la salida de burbujas grandes de los glóbulos rojos, lo que pondría en peligro su vida. Existen, para evitar estos inconvenientes, lo que se llaman cámaras de descompresión que aceleran el proceso gradual de salida del Nitrógeno de la sangre de manera que podríamos volar antes de pasar las 24 horas de rigor.

 

De momento, seguid de vacaciones, que así se está muy bien. Yo voy a ver si me tomo una cerveza, que lo de bucear me marea un poco. ¡Hasta el próximo artículo!

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