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Hay un refrán español que dice “el tiempo es oro y el que lo pierde un bobo”. Es evidente que el tiempo no es oro, es sólo la forma metafórica de decir que es importante. Y de esta manera hemos incorporado en nuestra forma de hablar frases de este tipo para identificar aquellas cosas, sean reales o no, que tienen un valor excepcional. Así, tenemos “regla de oro”, “siglo de oro”, “oro negro”, “oro líquido” y las formas derivadas de la palabra oro que siguen teniendo la misma intencionalidad, por ejemplo: “sueño dorado”, “proporción áurea” … Pero, ¿por qué esa fijación por el oro?. Bueno, pues básicamente porque nuestros antepasados, aquellos que vivían en Egipto y se dedicaban en sus ratos de ocio a hacer pirámides, ya conocían las bondades de este elemento químico. Se habían percatado de que se trataba de un metal que poseía un color y un brillo que no se podía obtener con otros. De ahí su nombre, aurum, que en latín viene a

querer decir “brillante amanecer”. Pero, además, tenía propiedades mecánicas muy buenas pues era maleable y dúctil. Un dato: con tan sólo 31 gramos se puede hacer una plancha de … ¡¡28 metros cuadrados!! Por si fuera poco, no reacciona con el aire, calor, humedad y si se le aplica una llama no queda manchado. Así que, como no reacciona no se deteriora. Eso lo convierte en un elemento ideal para dejar mensajes o máscaras funerarias eternas. De ese modo se han podido conservar y llegar a nuestros días todas esas manifestaciones de la cultura egipcia. Eso, y que los egipcios eran bastante listos a la hora de enterrar a sus faraones en las pirámides, creando galerías falsas y otras precauciones que mantuvieron muchos secretos a pesar del expolio a que durante todo ese tiempo fueron sometidas.

 

Pero el oro no sólo fue cosa de egipcios, quienes creían que había tanto oro como arena en el desierto. También los romanos sentían auténtica debilidad por el noble metal llegando a comerlo pensando que eso les hacía estar más sanos. Luego se dieron cuenta de que pasados los años se iban a la tumba como el resto.

 

Aquí, en la península, tuvimos a un tal Boabdil, el último sultán musulman de Granada, que no quería pagar los tributos exigidos en aquél momento por la Corona. Así que, en ausencia de un artículo 155 que aplicar, decidieron que había que zurrarle. Pero el tipo en cuestión resultó ser pacífico y se rindió sin poner resistencia a los Reyes Católicos. Al pintor Francisco Pradilla y Ortiz debemos la recreación de tan magno momento. Y es que, el tal Boabdil, tras ser expulsado de Granada sólo se atrevió a girar la vista para ver, por última vez, la ciudad que acababa de perder en lo que hoy se conoce como la colina de “el suspiro del moro”. Y como el hombre tenía pelín de pena pues se puso a llorar como si estuviera viendo el final de la película Titanic. Y su madre, que quieras que no tenía cierto resquemor en el cuerpo le espetó la frase “llora como mujer lo que no supiste defender como hombre”, que hoy en día ha adquirido diferentes matices. Pero me desvío del tema, como suele pasarme. El caso es que este fulano, aunque había sido desterrado tenía una factura pendiente y, Fernando e Isabel, Isabel y Fernando, pues querían que fuera abonada. Así que enviaron a unos tipos con gesto enfadado (lo que hoy sería el cobrador del Frac) a cobrar la minuta a Almería, que es donde se encontraba el bueno de Boabdil. Éste, que era pacifista, entendía que le iban a moler a palos si no aflojaba la mosca, por lo que decidió jugársela y convenció al séquito de los Reyes Católicos para que volvieran a Granada con diez súbditos que, previamente, se tragarían joyas y oro por el valor de la deuda. Así se hizo. Se comieron lo que aparentaban ser tesoros de diversa índole y marcharon. Una vez llegados al destino final, se dispusieron unas letrinas para que cuando evacuaran, unos soldados rebuscaran las joyas. Evidentemente, éstas no aparecieron nunca, pero para entonces Boabdil se había multiplicado por cero. A nosotros, en su recuerdo, nos quedará esa frase que aplicamos a aquello que tiene pinta de valioso, pero intuimos que es un engaño: “oro del que cagó el moro”.

 

Unos cuatro siglos después, surgió la llamada fiebre del oro en California, a raíz de un tal James W. Marshall, quien revisando un canal se encontró con unas piedras brillantes. A partir de ahí, mucha gente abandonó su hogar para irse en busca del preciado metal. Casi nadie encontró oro como para que cambiara de manera radical su vida. La situación opuesta se dio entre aquellos que decidieron abrir negocios para dar servicio a los buscadores. Se forraron la mayoría.

 

A día de hoy las aplicaciones de éste metal son muchas y en campos muy dispares, desde la medicina para el tratamiento de determinadas cardiopatías, hasta el campo de la astronáutica sirviendo como material aislante del calor en la cápsula donde viajan los tripulantes de los transbordadores espaciales.

 

Pero como suele pasar en la vida, no a todo el mundo le cae bien el oro. Su mayor enemigo es el mercurio, con el que se amalgama rápidamente. Esto convirtió al primero en un potente aliado a la hora de extraer el oro de las rocas. Una vez bañada la roca, se calentaba la mezcla. Mientras que el mercurio se evapora a 360º, el oro lo hace a 1000º, y así sólo quedaba éste último. El problema de éste método es la alta toxicidad del mercurio, sobre todo sus vapores. Al irse concentrando el mercurio en la sangre se pueden desarrollar temblores, espasmos, náuseas y alteraciones del sistema nervioso tales como depresión o sobreexcitación. Estos síntomas, hasta el siglo XX no se englobaron bajo un mismo nombre: hidrargirismo. Esta enfermedad la padecieron los sombrereros que manipulaban continuamente el mercurio para procesar el fieltro que llevaban los sombreros de la época. Pero como los médicos de antes del siglo XX sólo veían los síntomas pero todavía no los tenían identificados como una enfermedad pensaban que se debían a algún tipo de locura. Esto quedó plasmado por Lewis Carroll en “Alicia en el país de las maravillas” a través del personaje de “el sombrerero loco”.

 

Así que, resumiendo, tenemos un elemento químico con mucha historia a sus espaldas, de la que yo he contado una miseria. Pero pese al paso del tiempo, el oro sigue siendo el metal por excelencia. Su forma de hipnotizarnos, incluso antes de que nos digan el precio de la joya que estamos a punto de adquirir, es similar a lo que la persona amada nos puede transmitir. Y por ello nos gastamos las rupias ahorradas sin pestañear porque, además, significará que nuestro amor no se degradará con el tiempo como tampoco se degrada el oro. Así que, si os da por acudir a una joyería en busca de esa pieza única con la que sorprender a vuestra pareja, recordar que no todo lo que reluce es oro. O por lo menos, oro puro. Puesto que este elemento se combina bien con otros metales, por ejemplo, con el paladio y la plata, creando lo que se llama oro blanco, es posible que os mareen con los quilates. Los quilates son, originalmente, una unidad de masa de referencia para el oro. El significado de la palabra tiene su origen en el griego y quiere decir algarroba, que es la unidad de medida que utilizaban antiguamente. No la algarroba en sí, sino sus semillas. El emperador romano Constantino decidió acuñar monedas que tenían una masa de 24 quilates, o lo que es lo mismo 4.5 gramos de oro. Esas monedas recibieron el nombre de solidus. Los romanos pagaban con solidus. La evolución de la palabra ha dado lugar a eso que tanta ilusión nos hace a final de mes: nuestros “sueldos”. Y los quilates no son ni más ni menos que la cantidad de oro, en porcentaje, que tiene la joya con respecto a los 24 quilates. Para no marear la perdiz: si nos dicen que algo tiene 12 quilates, es que tiene un 50% de oro. Si nos dicen que tiene 18 quilates tiene un 75% y si tiene 24 es que es oro macizo.

 

¡¡Hasta el próximo artículo!!

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